Aunque no tenga ni una pizca de la sapiencia culinaria de Harry Sasson, Leonor Espinoza y otros sumos sacerdotes de la buena mesa de esta parte del mundo, voy a meter la cucharada en el asunto de las comidas.
En mi tierra aprendí a reconocer el sabor y el aroma de los chorizos que mi madre Trinidad preparaba en casa, para nosotros y para vender a los parroquianos. Gracias al producto de aquella venta, pude estudiar.