Elogio de los olores
La historia de la humanidad está llena de buenos y malos olores.
En algunas épocas la gente se bañaba, en otras no, atendiendo al libre desarrollo de la personalidad. A griegos y romanos les gustaba oler a bueno y por eso construyeron baños públicos enormes, algunos con agua caliente.
En cambio, en la Edad Media la gente le tenía miedo al agua. Las personas se mojaban si los agarraba un aguacero. Por eso en los templos echaban nubes de incienso para aplacar la pestilencia.
Las costras de mugre en la piel dieron origen al mandamiento «la cáscara guarda el palo», aplicable también a las señoras: «Las damas se ponían esponjas perfumadas entre los muslos y las axilas, para no oler como carneros».
A esa época pertenece la hermosa tradición del ramillete de flores, llevado por la novia al momento de contraer nupcias. Con el perfume de las flores disimulaban el buen humor de la contrayente.
El gusto por el aseo regresa durante el Renacimiento y se vuelve a perder con la moda en las cortes y palacios de la nobleza europea. En esos días el agua era gratis, a nadie le llegaba recibo mensual ni le cortaban el servicio, pero el hombre debía oler a sudor y tabaco.
El rey Luis XIII de Francia y todos los caballeros de su palacio se sonaban con los dedos y tenían piojos, debido al desaseo. Para contrarrestar los piojos y la tiña, el rey puso en boga el uso de pelucas blanqueadas con polvo de almidón molido, sin mayor éxito. Con disimulo los caballeros se rascaban por debajo de las pelucas y en otras partes del cuerpo, con una pequeña mano de marfil con uñas.
Enrique IV de Francia «no se lavaba nunca y olía a macho cabrío». Varias damas acompañantes, y aun su esposa, las sacaron trastornadas de la alcoba del monarca.
Los romanos tuvieron obsesión por el agua y hubo quienes se bañaban a mañana y tarde, pero la medicina del siglo XVII consideraba el baño diario ocioso y perjudicial; abría los poros de la piel y por allí entraban enfermedades y pestes.
Luis XIV, el Rey Sol, vivía en olor de multitud, pero solo se bañaba por orden del médico. Al levantarse limpiaba su cara con un trapo «untado de alcohol o saliva».
La reina Isabel La Católica se bañó únicamente el día de su matrimonio. Los estudiosos mencionan a su cónyuge, el pobre rey don Fernando, como el posible inventor del tapabocas y los sahumerios de eucalipto.
Algunos santos amaron la suciedad por penitencia. Santa Margarita de Hungría no se lavaba el cabello y era enemiga del peine. Así los piojos la podían martirizar a sus anchas.
Actualmente la ciencia considera el baño diario saludable y apropiado también para aminorar el olor a viejito, expelido por la piel de los humanos cuando entran a edad.
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Fue mi compadre Juancho un viejo pío
que murió dulcemente, hace ya un mes.
Cayó en coma diabético, dijeron
las viudas del prestante feligrés.
Olor de santidad no le faltaba,
jamás el agua acarició sus pies.
Porque de medias nunca se cambiaba.
Las usaba al derecho y al revés.
La sacó del estadio 😄. Gracias, poeta y cantautor Pedro Elías.
ResponderBorrarGracias mi buen noble amigo Darío
BorrarAh carajo!
ResponderBorrarQue curiosa averiguaciones para los asiduos lectores.
Y para los cslhos?
Gracias por leer, mi buen amigo.
BorrarEn esas calendas la gente hacia sus necesidades en algún recodo urbano o donde se pudiera.
«La dueña de una casa en la calle del Codo en Madrid, se molestó al ver a don Francisco Quevedo y Villegas, orinar en ela puerta, y puso una cruz con la leyenda “Donde se ponen cruces, no se mea”.
Quevedo le contestó escribiendo en la pared “Y donde se mea no se ponen cruces”»