La felicidad, Aristóteles y mi comadre Zen
Los estoicos dijeron que
la felicidad permanente no existe.
Hay momentos felices, instantes para
saborear la felicidad, de los cuales cada quien tendrá su lista: el día del
grado, unas vacaciones, un compartir con la familia, el cumpleaños, el día del
casamiento, etc. Y consideran como cercano a la felicidad, la paz de
conciencia, el bien obrar, la tranquilidad, la buena fe. Vivir tranquilos es,
según eso, aproximarnos a la felicidad.
La felicidad es una sensación que buscamos sin encontrarla. No es un puerto, sino un viaje duradero, dice Kant, y puede ser la pieza faltante en el rompecabezas de la humanidad.
En el siglo del desespero, nos agobiamos por asuntos que nadie sabe si ocurrirán, por dificultades cuya solución no está en las manos del intranquilo. Cada día trae su propia lista de mercado. No se trata de aplicar la pericia del avestruz, dicen los terapeutas, sino de ser realistas. Aceptar sin tristeza las cosas que no podemos cambiar y disfrutar esos momentos gratos que hasta pueden hacernos llorar de felicidad. Si alcanzamos una pizca de felicidad, la podemos perder sin probarla al preocuparnos más de lo necesario, tratando de vivir al mismo tiempo las vidas de otros.
Bergson cuenta del predicador que conmovía a sus oyentes, narrando los infortunios que lo aquejaban a él, desde el día en que asumió su colación, y los feligreses terminaban llorando por la mala ventura de su pastor. Un día éste acabó el sermón y todos los asistentes lloraron, menos uno. Al salir del templo los otros le preguntaron: ¿No lo impresionó el sermón del predicador? ¿Por qué no lloró como todos? Y el hombre les dijo: Es que yo no soy de esta parroquia.
Cada quien define la felicidad según sus experiencias.
Para el padre Gaspar Astete, el del
Catecismo, habría que buscarla lejos de nuestros tres enemigos: el demonio, el
mundo y la carne. (Sobre todo la carne, por el precio de cada porción).
Para el Dr. Google, la felicidad consiste en hallar una señal de wifi, sin contraseña.
García Márquez cuenta en «La desgracia de ser feliz»: Aquel sábado negro descubrí la felicidad: un estado del cuerpo y el alma que se vive un instante y se sigue pagando por el resto de la vida.
¡Qué difícil encontrar la llave de esa puerta invisible llamada felicidad!
Por ahora, como afirmaba Aristóteles Sócrates Onassis, el marido de la viuda de Kennedy: «Quien pueda darse el regalo de vivir tranquilo, en medio de guerras y sombrías predicciones, habrá encontrado un oasis de luz y serenidad».
Los consejeros de comportamiento indican la importancia de poner nuestra mente en modo risa, al menos una vez al día. El humor es una poderosa herramienta para subsistir con menos estrés y aburrimiento, es decir, con la parsimonia, el sosiego y la templanza de la comadre Zenobia.
Qué descansada vida
la de mi comadre,
que entre chisme y retrete
después de la oración
sigue la terapéutica
de la que el padre Astete
desterró la carne con sobrada razón.
Por eso morirá vegetariana
en un pueblo donde nadie cultiva mariguana
y todo rico tiene algo del Buen Ladrón.
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