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Elogio de los gordos

 
«Viene a bordo un hombre de una gordura dominante y eminente...
Este hombre gordo es comunicativo, conversador y ocurrente, amable y de humor risueño, que no varía ni aun con los calores ecuatoriales. Lo acompaña una dama grandiosa y capitosa, cuyos appas (encantos) son de los que siempre alaban con preferencia los poetas que cita en sus narraciones la sutil Scheherezada de Las mil y una noches». Así comienza Rubén Darío su Elogio de los gordos, escrito hacia 1897.

La talla XL era de uso corriente entre príncipes y reyes, damas alabastrinas y abates galantes, es decir, la gente rica de otra época, los de buena familia, acostumbrados a comer bien. En el siglo XIV, ser gordo estaba de moda, las carnes abundantes eran signo de buena salud y las mujeres robustas acaparaban el deseo sexual. Y eso venía de atrás. Casi todos, dioses y mortales, eran gordos. Dioniso, el dios del vino, parecía un barril, Platón era rechoncho y Sócrates además de obeso era feo. El mismo Rubén Darío era rollizo y se definió en verso como: «viejo, feo, gordo y triste».

La sociedad de consuno ve ahora con malos ojos la gordura, se burla, nos discrimina, ofrece glotonería y rechazo por un lado y dietas adelgazantes por el otro. La medicina señala una serie de enfermedades provenientes de la obesidad. Muchas personas no consiguen trabajo o lo pierden por no hallarse dentro de las tallas exigidas por el patrono. 

El sociólogo chileno Bastián Olea Herrera define la gordofobia como «la discriminación que sufren las personas gordas por el mero hecho de ser gordas, entendida como el rechazo social, los prejuicios, los estereotipos, la invisibilización y la violencia de las que son víctima las personas gordas cotidianamente», a excepción de ciertos presidentes y ministros parecidos a luchadores de sumo.

«El gordo del barco es ameno y afectuoso. Cuenta cuentos picantes; trata a los amigos ocasionales con regocijada confianza; juega a los juegos ingleses; come sandwichs, ríe con convicción y salud. Es un ser feliz. Y por su causa he escrito estas líneas, recordando a los abades conventuales, al noble rey Gambrinus y a sir John Falstaff, todos ellos de opulenta y rozagante memoria».  Elogio de los gordos (Rubén Darío)

Desde Rubens, Tiziano y Tintoretto, los pintores han inmortalizado en sus óleos la abundante humanidad de las personas, entre ellos el lienzo del gordo que vendió al contado. 


En la actualidad son famosos los cuadros y esculturas de Fernando Botero. El maestro no representaba gente gorda sino voluminosa.  Y, sobre todo, agrandada.

ELOGIO DE LA GORDIS
       (Poesía neutral)

Oh, mi Niña con flor… Sin la propina
de tu amor oligárquico, me muero.
Ya le reduje un palmo a la pretina
y quedó lo mejor en el tintero.

Antes de que me echaras a la ruina
fuimos Los bailarines de Botero,
en la plaza comíamos gallina
y me dabas amor con un gotero.

Lástima que lo bueno se fue aprisa:
Yo y tú, Abelardo y Eloísa,
sin epílogo atroz... ¡Qué evocaciones!

Tú prosigues trozuda como antaño
y yo sigo como el bobo del rebaño
¡que sólo es importante en elecciones!

Texto de Juan Sebastián Bache (1951-1980,  música de IA.
Tarareo:




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