Gastronomía y letras

No todos los amantes de las letras mueren de hambre, sobre todo si son prestamistas.

García Márquez aguantó hambre año y medio en París, según la biografía escrita por Gerald Martin. «Sobrevivió de milagros cotidianos, de todo tipo de trabajos y de la caridad de los amigos».  

Y Gabo contó lo siguiente: «Una vez estaba yo en una fiesta, en una casa de amigos que en cierta manera me ayudaban. Cuando se terminó la reunión la señora de la casa me dijo: García, cuando vayas bajando lleva esta bolsa de basura y la dejas abajo en la calle». Con tanta hambre, sacó lo que pudo de allí y se lo comió. Ya famoso, su plato preferido era la sopa de hongos.

En Me alquilo para soñar, García Márquez detalla una cena de Pablo Neruda. Matilde Urrutia le ponía un babero para que no se chorreara con salsa. «Se comió tres langostas enteras, descuartizándolas con una maestría de cirujano y al mismo tiempo devoraba con la vista los platos de todos».

Borges prefería el arroz con manteca y queso, pero amaba también los caramelos de menta y la merluza hervida. Así lo reconoció en entrevista con Pedro Escribano,

La debilidad de Vargas Llosa fue inventada por él: Una docena de huevos sobre pan campesino, con salsa de lomito salteado.

«Un embuchado de trozos de pulmón, hígado y corazón de oveja asados, con cebolla, especias y harina, dentro del estómago del animal, cocido durante 20 horas exactas, era la comida del poeta escocés Robert Burns antes de ponerse a escribir sus poesías».

Agatha Christie tramaba los asesinatos de sus novelas, con una taza de crema espesa, que mantenía junto a su máquina de escribir para comer a cucharadas.

Cuando estuvo en la cárcel por una plata embolatada de la recaudación, Cervantes comenzó a escribir El Quijote. Si a pan y agua como lo tenían, don Miguel pudo levantar el monumento de las letras castellanas, imaginen lo que hubiera escrito después de empacarse un sancocho trifásico, una lechona o un calentao de fríjoles con garra.

La escasez y la carestía agobian la canasta familiar de buena parte de escritores y lectores contemporáneos. A muchos apenas les alcanza para un corrientazo y quienes no alcanzan fama en vida, corren el riesgo de terminar comiendo lo anunciado al cierre de El coronel no tiene quien le escriba. 

Brummel, escritor y paisano, muerto por inanición, dejó la siguiente receta para casos de emergencia:



(Tango de fantasía)

Texto de Brummel, música de doña IA


Tómese un pollo del solar vecino 
y tuérzase en seguida su pescuezo 
del desplumaje cúmplase el proceso 
y bótense la hiel y el intestino.

Ya consumado su mortal destino, 
antes que el animal se ponga tieso, 
arrímesele arroz, papa y comino
de acuerdo a su volumen y su peso 

Bien adobado, sancóchese en la olla 
y para ahorrarse policial tramoya 
entiérrense las plumas. Con empeño, 

cuando ya sancochado esté en el punto 
de llevar a las muelas al difunto,
¡se lo come uno a la salud del dueño! 




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