Un bostezo en el velorio

Cuando una persona estaba muriendo, sus familiares rodeaban el lecho y prendían la vela de la candelaria, bendecida el dos de febrero, en la fiesta de La Candelaria o de las candelas.  

Los familiares y amigos se reunían durante una noche para velar al muerto. Según la costumbre de nuestros pueblos, en la sala de la casa exponían al difunto en el cajón abierto, el cuerpo tapado con una sábana, entre cuatro candelabros, con el rostro al natural, porque no había maquilladores fúnebres. Si fallecía con la boca abierta, le amarraban la quijada con un pañuelo. Si quedaba con un ojo abierto, vendría pronto a llevarse un pariente. Vestían al cadáver con su mejor traje, pero sin calzado para que no se levantara a penar. Si a las señoras les ponían mortaja de ruedo largo, se rezagaban de las demás ánimas benditas cuando salían a penar en los recorridos nocturnos.

Al muerto le juntaban las manos sobre el pecho, anudadas con una camándula o sosteniendo una cruz. Los asistentes hacían fila para ver cómo había quedado. Dolientes y amigos se sentaban en torno al cadáver para encomendar el alma del extinto, dirigidos por un rezador de voz potente. En los descansos ensalzaban las virtudes del finado, porque «no hay muerto malo». 

La viuda recibía las condolencias y abrazos de los visitantes y las tarjetas de sentido pésame o sufragios, debía vestir de negro y guardar luto por un año. En los sufragios costosos, el finado quedaba inscrito a cierta cantidad de misas para sacarlo del purgatorio. 

(Una pregunta suelta: La palabra sufragio, según el diccionario, significa: «Obra buena que se aplica por las almas del purgatorio». Pero también sufragio es sinónimo de voto en las elecciones. ¿Tendrán algo en común las acepciones? Talvez por ello cierto kilósofo dijo al día siguiente de las votaciones: «Sufragar es morir un poco»).

Si alguien bostezaba en el velorio contagiaba a los demás. Entonces los deudos repartían rondas alternadas de tinto, chocolate con pan, aguardiente y tabacos entre los bostezadores.

Por la distancia de las casas entre sí, los velorios campesinos duraban toda la noche y había cena al comienzo de la madrugada. Los niños se dormían en el canto de padres o abuelos y éstos los despertaban de un codazo a la hora del reparto. Al velorio solo llevaban niños con uso de razón, pues a las señoras embarazadas y los bebés los podía tocar el difunto y les daba yelo de muerto

Al velorio y al entierro los asistentes llevaban coronas o ramos de flores, hechos por ellos mismos. En las nueve noches siguientes al sepelio se rezaba el novenario; la última noche el rezo era más largo y terminaba con una comilona. Durante el novenario ponían una mesa central con un vaso de agua y una flor sumergida en el vaso, donde el alma del finado venía a beber.

Los deudos escogían el entierro de tercera, segunda o primera, con uno, dos o tres sacerdotes. En el entierro de primera, los celebrantes conducían al difunto de la casa o de la entrada del pueblo a una ceremonia en el templo (no había misa), con redoble de campanas y luego encabezaban el cortejo al cementerio para bendecir la tumba antes del enterramiento. Si el muerto era un niño, los papás le ponían una corona de papel dorado en la frente y en el desfile había acompañamiento de músicos. Si el muerto era notable, antes de ir al cementerio le daban vuelta de plaza. Al momento de la inhumación los asistentes rezaban el Credo y arrojaban puñados de tierra o flores sobre el ataúd. Al muerto había que sacarlo de la casa con los pies por delante, para que no regresara del más allá.

Casi en todos los pueblos el cementerio pertenecía a la parroquia y estaba prohibido sepultar allí a miembros de partidos políticos contrarios a la iglesia, personas fallecidas sin confesión, ateos, suicidas... En algunos lugares enterraban a los suicidas en un solar, fuera del cementerio.

En varias poblaciones se fundaron cementerios para extranjeros y laicos, a quienes les negaban cupo en los camposantos. Así nació, en la primera mitad del siglo XX, el Cementerio Libre de Circasia, en el Quindío, para acoger a cualquier difunto, sin reparar en su creencia, ideología o comportamiento durante su vida.


RÉQUIEM

Mi compadre Casiano, que vivió sin un peso,
como vivimos todos los choferes de bus,
con el escapulario en el pescuezo
yace bajo esta cruz
a punto de caerse. No fue un hombre travieso,
enemigo del régimen, tomatrago o tahúr,
pero ¡la vida es triste!, un día se quedó tieso
y tuvimos que comprarle el ataúd.
Asunto concluido. Con una camándula en la mano
y las jaculatorias consabidas
lo mandamos al cielo. Menos mal
que por no hacer las tres comidas diarias
mi compadre Casiano
nunca tuvo problemas para adelgazar.


(Pulsar el siguiente enlace para oír la salmodia)


RÉQUIEM (Juan Sebastián Bache)

Comentarios

  1. Lo leo,reeleo
    y escucho y no puedo dejar de reir y recordar ochentanas costumbres,hoy con otros tintes seudo economico-religioso...MUCHÍSIMAS GRACIAS....

    ResponderBorrar
  2. Muchísimas gracias por leer. En tiempos antiguos, según me contaba mi abuelo Juan Antiporti, cuando alguien moría en la vereda, los vecinos adultos se juntaban en la casa del difunto para participar en el velorio y acompañaban toda la noche. Al día siguiente llevaban el muerto al pueblo para el entierro. Organizaban el desfile de los vecinos con el ataúd del muerto cuando había ataúd. Si no lo había, entonces con guaduas o palos improvisaban una camilla o guando para llevar el cadáver. Cuatro cargueros se iban turnando durante el camino hasta llegar a la parroquia. Antes de iniciar el cortejo, hacían una cruz grande de guadua o madera y un vecino se iba con la cruz adelante, como a media cuadra de los que iban con el muerto. Esta costumbre se utilizaba para ir corriendo el demonio de los recodos y vueltas del camino por donde debían pasar con el finado. Al empezar, uno de los más viejos daba esta orden: "Adelante con la cruz, que el diablo se carga el muerto".

    ResponderBorrar
    Respuestas
    1. Me dio cosa , como decía el doctor chapatin 🤗

      Borrar
  3. Como Triste pero la mera y pura realdad

    ResponderBorrar
  4. Así es, mi buen amigo. Aceptar la muerte alivia el camino, pues lo único que nos aleja de ella es el tiempo, dijo Borges

    ResponderBorrar

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog