Telegrafía vs. internet
En 1844 un par de gringos, Samuel Morse y Alfred Vail, instalaron por primera vez la telegrafía eléctrica.
A través de un alambre podían enviar mensajes y descifrarlos mediante una serie de símbolos, puntos y rayas, llamado código Morse, con lo cual las personas se comunicaron desde entonces, sin necesidad de señales de humo.
En 1897 el italiano Guillermo Marconi mejoró el servicio al inventar la radiotelegrafía, que estableció comunicación entre lugares apartados e incluso pasando los océanos. De esto se derivó la radiotelefonía y posteriormente la radio. Al telegrama se le conocía también como marconigrama.
La telegrafía llegó a Colombia en 1865, bajo la presidencia de Manuel Murillo Toro, y comunicó a Bogotá con los principales puertos fluviales sobre el río Magdalena.
En una costumbre a tono con la realidad humana, las palabras tenían precio. Cada una llegó a valer hasta dos pesos. Para ahorrar costos los usuarios utilizaban la menor cantidad de palabras, mediante elisiones o fusionando dos o más palabras en una sola.
Por ejemplo, para finalizar el telegrama, los enamorados usaban el término abracaribe: abrazos, caricias y besos.
Cuentan del viajero de a caballo que al llegar a la estación le telegrafió a su esposa: «Dejóme tren. Sigo mula».
Un caballero anuncia la visita familiar, para que le tengan potrero y alojamiento listo: «Llevo suegra y dos bestias más».
El telégrafo y los telegrafistas cayeron en desuso en los años 80 con la aparición del fax, el beeper y enseguida el celular.
Hoy existen en el mundo más celulares que inodoros, y por tanto el número de mensajes diarios en las redes sociales es incalculable. Sin embargo, la anarquía del celular origina erratas peores a los embrollos del código morse y la redacción económica de los telegramas.
A muchos nos habrá asombrado cuando el corrector del aparato nos cambia palabras, trueca conceptos, inventa términos, ofensas y oprobios que enviamos a los amigos por afán, descuido o pereza de releer el texto.
¡Cuántos negocios, amistades y hasta casamientos se pierden, porque alguien mete mal el dedo al escribir el mensaje o el móvil le añade ignominias digitales!
No hay tutorial para aprender pulgografía.
Si algo sale errado, la inteligencia artificial
enmienda las fallas de digitación.
Corrector y pulgares crean palabras,
jeroglíficos, insultos impronunciables.
¡Cuántas veces nos tergiversan, inventando
ultrajes, frases absurdas para los amigos,
fuera de urbanidad y diccionarios multilingües!
Los expertos culpan a nuestra falta de cuidado.
Y puede ser.
Nada pasaría si todo lo escribiéramos
con la enseñanza de las equivocaciones,
despacio,
letra por letra,
sopesando palabra por palabra,
como lo hacemos con las despedidas.
Genial.....vivimos esa etapa de la vida y en consecuencia, en nuestro archivo personal guardamos telegramas de aquellos que enviamos, con sinnúmero de cartas también.....Algunas personas NO contestaban y en razón a ello, nos tocaba para la "respuesta", con el término al final de : "CONTESTACION PAGA".....Pero no olvidemos a nuestros Telegrafistas de la época......
ResponderBorrarAsí es, mi buen amigo. Tiempos vividos en que compartimos la tecnología de entonces. En las oficinas de telégrafos le daban al usuario un esqueleto del telegrama para que allí hiciera el borrador del mensaje para enviar... Un telegrama famoso en la historia es la pregunta de Víctor Hugo y su respuesta, luego de la publicación de Los Miserables. «Víctor Hugo se encontraba ansioso por conocer las ganancias de su obra. Para ello escribió un telegrama a su editor con tan solo un signo de interrogación “?”. Él editor le respondió igual de breve con un signo de admiración “!”. El mensaje le daba a entender que las ventas eran todo un éxito».
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