Inventos
Las necesidades humanas y el diablo de la casualidad, son padres putativos de grandes inventos.
Arquímedes se bañaba empeloto en un tanque y así descubrió la manera de medir el volumen del cuerpo irregular, que se enjabona cada año.
Diógenes complementó la economía del hogar con la moda de usar un tonel como pijama.
A Benjamín Franklin le dio la chifladura de salir a elevar cometas durante una tormenta. Casi se electrocuta, pero inventó el pararrayos.
Alejandro Graham Bell tenía una esposa sordomuda y buscando curarla para que ella pudiera escuchar los regaños por la sopa sin sal, inventó el teléfono.
Un señor acostumbraba hacer la siesta del almuerzo debajo de un árbol y un día le cayó una manzana en la cabeza. Despierto con el golpe se puso a escribir la ley de la gravedad, según la cual "se puede descalabrar a un sujeto, aunque no le caiga el peso de la ley encima".
Gracias a los buenos deseos de matarnos unos a otros y acabar el mundo, los científicos inventan bombas y armas químicas en una competencia sofisticada y sin pausa, para satisfacer la demanda lo antes posible.
Otros inventos no fueron patentados o no tuvieron suerte, como el procedimiento para que los barberos pudieran afeitar a varias personas a la vez; la ropa interior acolchonada para asordinar flatulencias; el sombrero con paraguas incorporado, o la pastilla para simular que el congresista se mantiene despierto en las sesiones, medicina inservible debido a efectos secundarios contraproducentes. Hasta las señoras roncan.
Y a propósito de padres de la patria, a Calígula le debemos el hallazgo de acuerdos con la oposición para nombrar a un caballo como dirigente en el Senado. Aquí vamos por buen camino. En 2022 un senador entró con una bestia al Congreso.
Hipócrates advirtió que las enfermedades se originaban por el desequilibrio de los cuatro humores del cuerpo y en beneficio del buen humor, sus discípulos inventaron el desodorante.
A mediados del siglo XIV se propagó la Peste Negra por Europa y casi acaba con la mitad de sus habitantes. Los sabios dijeron que la exposición al aire frío de la noche causaba la enfermedad. En todos los pueblos hubo toque de queda en los campanarios y los feligreses debían recogerse temprano en sus casas, tapando los huecos por donde se colaba la peste. Los más pudientes dormían encerrados en armarios. Por fortuna, Europa trabajó con entusiasmo y la población se duplicó a pocos años de la pandemia, aunque Herodes ya había inventado con éxito el control de la natalidad.
La Peste Negra acabó con los serenateros pero favoreció los malos humores… y de paso nos dejó un invento formidable.
ELOGIO DE UN ADMINÍCULO
Cuando no había brujo ni galeno
que cobrara tantísimo billete,
el aire de la noche no era bueno
y daba calenturas, de ribete.
Los médicos dijeron que el sereno
con la peste a los cuerpos acomete.
El trasnocho del mundo tuvo freno,
pues todos acostábanse a las siete.
Esas pobres personas, encerradas,
con puertas y ventanas atrancadas,
sin derecho a rendija ni mirilla,
eran sencillamente extraordinarias.
Pues para hacer allí las necesarias
¡tuvieron que inventar la bacinilla!
*
Texto de Juan Sebastián Bache (1951-1980, música de IA.
Rebudio:
Genialmente diverida.
ResponderBorrarMuchas gracias, mi buen amigo.
ResponderBorrarHaa Caray maestro .Que simpaticas y futuristas estas vivencias.
ResponderBorrarMuchas gracias por leer, mis buenos amigos... Y lo que falta por inventar.
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