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Elogio de una vida de perro


Los ociólogos hablamos del lenguaje como reflejo del mundo. Y puede ser cierto. 

La realidad va modificando expresiones consagradas como esa de llevar una vida de perros.

Exceptuando la adversidad de los perros vagabundos, la calidad de vida de los canes supera hoy a la de mucha gente, lo cual habla bien de la filantropía de una sociedad pendiente de la posición de los caninos. 

También entre éstos abundan canes de apellido respetable, con educación extranjera y pelambre refinado, a quienes solo les faltan costumbres humanas para tener derecho al mejor hueso y a mirar por encima de la pata a sus congéneres callejeros, condenados a encontrar sobras, pisotones, sarna y muerte repentina e imprevista, porque a todos les va como a los perros en misa. 

En resumen, llevar una vida de perros podría ser aceptable según el estrato y la fortuna del amo. Eso lo había advertido Pitágoras: Un ciudadano maltrataba a un galgo y el matemático lo insultó porque en el quejido del perro, Pitágoras creyó reconocer la voz de un amigo suyo, muerto de cálculos en Vergina.

Hemos ido contaminando a los perros con las humanas flaquezas, para hacerlos parecidos a nosotros. Los canes responden a nombres de personas y a la gente le ponen nombre de perro. La idea viene de doña Manuelita Sáenz, la novia del Libertador. Pasó los últimos años en Paita, Perú, acompañada de una perrería bautizada con el santoral de los malquerientes de Bolívar: Carujo, Padilla, Tejada, Florentino. El mastín más despiadado era Santander.

Otra señora, Ilva Rasch-Isla, primera esposa del pintor Alejandro Obregón, sacaba a orinar a Julio Iglesias, pero con bozal.

Sin embargo, aun con todas las ventajas de una vida de perros, nadie quisiera tomar el puesto del mejor amigo del hombre cuando el amo incontinente le recorta la cola, las orejas o le da castidad con cirugía. Además, por andar todos como perros y gatos, la suerte de recibir una buena mordida ya no causa el aspaviento de antes. Ahora se usan otros métodos más refinados y productivos.

En cuanto a los perros abandonados, una minoría asciende a mejor vida gracias a fundaciones beneméritas. El escritor Fernando Vallejo destina parte de la ganancia de sus panegíricos, a sostener entidades defensoras de los perros a quienes se les niega hasta el uso del espacio público.

Pero queda en el limbo el peldaño cero de las castas perrunas, esa ralea maloliente, desnutrida, pulguienta, sin pedigrí, a la cual se refirió un tal Diderot cuando dijo que cada cual tenía su perro. Que aun la gente pobre, sin tener comida para ellos, tenía un perro; que todo hombre quería mandar a otro y los más pobres, por no tener a quien mandar, tenían un perro. Que el primer ministro era el perro del rey, el secretario, el perro del primer ministro. Y así. 

¿Será cierto? ¡Ah vaina tan horrible ser el perro de alguien!

(Ladrido musical)

PERRO VAGABUNDO

Can ilustre con sarna en el poniente
y modales de perro policía,
que tocabas la pata con la frente
al entrar a cualquier sancochería.

Las pulgas te volvieron impaciente,
el tiempo desoló rabo y encía,
guardaespaldas de un amo incontinente
que te dio castidad con cirugía.

Al cielo de los perros, donde hay hueso, 
"perra" gratis y postes, bajo el peso 
de un camión oficial vi tu partida.

Siquiera terminaste como occiso
por fuera de una tripa de chorizo,
¡ahora que se impuso la mordida!

(Texto de Juan Sebastián Bache1951-1980, música de doña IA)

Enlace para oír el audio:

PERRO VAGABUNDO



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